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De cuentos en Bélgica

27/04/2016 - blog
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Después de dos meses de baja, me moría de ganas de hacer un viaje de cuento. El lunes pasado llegó la hora, y después de prometer que sería buena chica (nada de correr, levantar pesos ni hacer esfuerzos), me subí a un avión rumbo a Bruselas, camino del Festival Internacional de Cuentos de Alden Biesen.

Lunes, 18 de abril

El castillo de Alden Biesen no es un lugar al que resulte fácil llegar: hay pocos trenes directos, y el retraso de los autobuses de un aeropuerto que aún lucha por recuperar la normalidad después de los terribles atentados del 22 de marzo echaron al traste mi combinación de trenes. Por si fuera poco, el escaso margen para cambiar de tren en las estaciones de enlace, sumado a mi actual lentitud (nada de correr, etc.) me hizo perder un par de trenes, pues al llegar al andén correcto, veía como el tren, delante de mis narices y con una puntualidad irritante, se alejaba raudo hacia su destino, que se me antojaba inalcanzable.

Finalmente, Guy Tilkin, director del festival, acudió en mi ayuda con una llamada telefónica con información valiosa y precisa: «Baja en la siguiente estación, dirígete al andén número 7, hay un tren que sale a las 16:43, y que hoy lleva 6 minutos de retraso. Es un tren directo, ya no tendrás que bajarte más hasta Bilzen». Y por fin, como quien, por arte de magia, encuentra la manera de entrar en el andén 9 y 3/4 frecuentado por Harry Potter, me subí al tren salvador. No fue un viaje exento de emoción: en la estación de Hasselt, el revisor me invitó a trasladarme a los primeros vagones, ya que el resto del tren moría en esa estación, y al trasladarme a los vagones de cabeza, con asientos mullidos y puertas a la antigua que recordaban tiempos pasados, no me hubiera extrañado nada encontrarme con la máquina de vapor del expreso de Howgarts en cabeza. No es tarea fácil llegar hasta el castillo de Alden Biesen, sí, pero quizá ahí resida parte de su encanto. Como si formara parte de un ritual de paso del mundo ordinario al extraordinario.

IMG-20160418-WA0004Crucé las puertas del castillo pasadas las 18:00, y mi actuación era a las 19:30. Tenía el tiempo justo para saludar, dejar mis cosas en la habitación, prepararme y dirigirme a la sala para hacer las pruebas de sonido. Me estiré 15 minutos en la cama, agotada, observando el techo en punta de la habitación, con unas vigas enormes que atravesaban el cuarto: así que esto debía ser lo que veían los personajes de los cuentos antes de dormir… Activé la alarma del móvil: la habitación quizás había pertenecido a la Bella Durmiente, pues nada más entrar me invadió un agradable sopor.

La sala donde iba a actuar se hallaba en la antigua escuela de equitación, perfectamente acondicionada como teatro, donde a partir de las siete, haciendo gala de una puntualidad ejemplar, el público ya empezaba a entrar y tomar asiento en unas gradas donde se esperaban unas 300 personas. Algunas personas me saludaban con un «Buenas tardes» o «Buenas noches», según tomaran como referencia el horario belga o el español, y me dirigían miradas de timidez y complicidad a partes iguales. Contar para un público que estudia español desde hace poco tiempo es siempre un reto, pues no solo implica el esfuerzo adicional de contar todas las historias empleando el presente, sino que además te genera todo tipo de dudas sobre qué tipo de expresiones serán más adecuadas y comprensibles, procurando no perder el sabor de la historia.

rijschool_bLos cuentos que conformaban la sesión han viajado ya por otras tierras. Los he contado muchas veces, tanto en mis lenguas maternas (español y catalán) como en inglés o francés, por lo que gran parte de su valor reside en recursos no verbales, como las onomatopeyas, los gestos y el ritmo (sobre todo, a través de la repetición). Así que me centré en el presente, y allá fueron desfilando los cuentos. Al iniciar el primer cuento, había una curiosa expectación, que luego entendí: ellos estaban tan ansiosos de ver si podían entenderme, como yo de ver si ellos seguían la historia. Y me siguieron por el camino con El abuelo, el burro y el niño, y hasta me acompañaron con el tirititan-tan-tan. A partir de ahí, todos nos relajamos y empezamos a disfrutar de los cuentos y de la mutua compañía. Del mismo modo que yo intentaba contar de un modo más claro, ellos también me iban guiando con sus reacciones, ya fuera con sus risas, o lanzando «ohhh» de asombro o un «ahhh» de complicidad con La gallina negra, e incluso participando con las repeticiones, las onomatopeyas, e incluso el Patim-Patam-Patum, el estribillo que canta Patufet, el Garbancito catalán. Hubo un instante muy especial al iniciar la Piedra que hace sopa, cuando el soldado que huye de la guerra vuelve a casa y se encuentra con que ya no tiene casa: me pareció ver en algunas miradas cómo aquellas personas veían la historia desde sus ojos, y se emocionaban con aquella imagen, y yo con ellos. El cuento de Juan y María, la excusa perfecta para dar un repaso a los días de la semana, despertó la hilaridad general, a la vez que la ternura. Hacia el final, sin embargo, al contar La hermosura del mundo, una maravillosa versión mallorquina del cuento del Amigo fiel (ATU 516: Faithful John), que habla de la amistad incondicional de un caballero musulmán y un rey cristiano, pude ver como a parte del público le costaba seguir la historia. Era el cuento más largo y complejo de la sesión, y sin duda debido al cansancio, estaba siendo menos clara de lo que pensaba. Afortunadamente, se reengancharon con las Avellanas de ay, ay, ay, un divertido cuento que puede jactarse de tener mención propia en el Índice tipológico internacional del cuento popular (ATU 860: Nuts of «Ay ay ay!»), y me despedí con un buen sabor de boca.

DSC01180Algo impagable de este festival es el hecho de poder charlar con el público después de la función, intercambiar impresiones y aprender de la experiencia. Algunos alumnos se me acercaron para decirme que les habían gustado los cuentos, agradablemente sorprendidos, pues solo llevaban un año estudiando español. Uno de mis temores, que las repeticiones resultaran algo cansinas, se desvaneció ante el comentario de una estudiante: «Si al principio no entendía algo del cuento, como repites mucho las palabras, al acabar el cuento ya podía entender todo».

También es un modo de enmendar errores: casi todos, excepto los estudiantes de cuarto año, habían encontrado difícil de entender La hermosura del mundo, y esto me llevó a replantearme cambiar este cuento por otro más sencillo. Sin embargo, algunas profesoras, que acuden a menudo al festival, me hicieron cambiar de opinión: «No lo cambies, es un cuento muy hermoso y poco común, solo tienes que asegurarte que entienden las palabras clave, y podrán seguirlo sin problemas». Otro consejo que me dieron fue hacer un pausa de 5 minutos a media función, puesto que a los estudiantes de primeros años les cuesta bastante mantener la atención tanto tiempo seguido («Tranquila, serán 5 minutos belgas, no españoles, aquí la gente es muy respetuosa con el tiempo»), y presentarme antes de empezar, algo que no suelo hacer, pues prefiero ir directa a los cuentos: «Las frases de presentación son lo que primero aprenden en las clases, y les gusta escuchar quién eres, de dónde vienes, pues es terreno conocido para ellos». La adrenalina de la actuación me dio fuerzas para seguir hablando un buen rato con alumnos y profesores y reencontrarme con compañeros narradores que también finalizaban la jornada con una cerveza en buena compañía. También para comentar la jugada con Carles García, que había contado para los estudiantes de español de nivel avanzado, y se paseaba pletórico de energía por la sala, atendiendo a los estudiantes que habían acudido a escuchar sus historias de vida, pero a eso de las once, mi cuerpo me dio la señal de retirada, y me retiré dócilmente a mis aposentos del castillo (y lo digo y lo repito, pues no es cosa que pueda decir todos los días.)

Martes, 19 de abril

WP_20160419_08_47_17_ProAl día siguiente, al levantarme desde la ventana divisé la entrada del castillo, los campos, el templo de Minerva… Brillaba tímidamente el sol y el día se prestaba a pasear por los alrededores, pero mi cuerpo aún estaba perezoso, o falto de energía. Desde allí veía entrar por el puente grupos de escolares de todas las edades, dispuestos a escuchar cuentos por todos los rincones del castillo. Este festival reúne en una semana narradores de diferentes países y regiones que cuentan en sus lenguas de origen, y el público está formado por estudiantes de idiomas, tanto escolares como adultos. La asistencia al festival se ha convertido en una de sus actividades anuales, gracias al excelente trabajo del equipo del festival, que cuida con mimo su relación con las escuelas.

Me pregunto la cantidad de personas que entrarán por las puertas del castillo esos días, dispuestos a escuchar cuentos. Y como no tenía que actuar hasta las siete y media, aproveché para hacer como ellos: Carles García, quien muy previsor, llegó el domingo y ya conocía el terreno y el programa del día, me recomendó la sesión de Tom Van Mieghem y Julie Boitte, acompañados del músico Peter Verbeckmoes, una versión del cuento popular ruso Iván Tsarévitch. Realmente valió la pena; me fascinó su narración a tres bandas, donde el neerlandés, el francés y la música se repartían a partes iguales la narración de la historia. Un juego constante a través de la similitud y la sonoridad de las lenguas, los gestos, el ritmo, y unas melodías pegadizas, que me recordaban una mezcla de sonoridades eslavas, balcánicas, klezmer y de chanson française… Algunas de ellas aún siguen bailando en mi cabeza, como un mantra. Gracias a la similitud con el alemán, pude seguir bastante bien las partes en neerlandés: no se trataba de una narración en paralelo, más bien los narradores construían una sola historia a partir de lo que narraba cada uno, y cuando me empezaba a resultar fatigoso seguir la trama, enseguida acudía al rescate un gesto, un movimiento, una frase o una melodía en francés, y me devolvía a la historia. Me ayudó también el hecho de haber trabajado una variante kirguiza de este cuento, El pájaro dorado y las manzanas de la juventud, y disfruté de lo lindo con los juegos malabares de estos tres artistas.

DSC01172Después de comer fui a ver a Mia Verbeelen y Nathalie Bondoux, también en neerlandés y francés, que contaban El príncipe silencioso, un cuento marco que servía de excusa para entrelazar historias de diferentes culturas. La bodega estaba llena de público adolescente, y me admiró ver cómo escuchaban la historia, que alterna partes en neerlandés con francés. Parecían muy habituados a alternar dos lenguas tan dispares, o quizás solo fueran dispares para mí, claro. Todo esto me dio mucho que pensar sobre la narración multilingüe, y Alden Biesen parece el lugar perfecto para reflexionar sobre ello. Sin embargo, quizás se trate de la hora, justo después de comer, o del cansancio de ayer, el caso es que llega un punto en que me cuesta seguir el hilo de las historias dentro de la historia, así que en cuanto acaba la función, aprovecho para escabullirme a mi habitación para una larga siesta.

DSC01178Al anochecer, ya repuesta, me dirigí a la sala: 300 personas más esperaban los cuentos, pues el español es un idioma bastante popular, y en cuanto empecé, la gente se volcó en la escucha. Esta vez eliminé Patufet del menú y propuse una pausa de 5 minutos. En la segunda parte, vi caras de expectación y alivio al final del cuento El vestido de perlas, cuando revelé un desenlace que no contemplaba la venganza. Al llegar a La hermosura del mundo, me detuve en la palabra «hermosura», en los momentos más complicados de la trama… Y valió la pena el esfuerzo, pues vi que esta vez habían seguido conmigo toda la historia. Al finalizar la función, una profesora me felicitó por contar en presente «Sé perfectamente lo que cuesta, pues llevo años haciéndolo cuando doy clases a principiantes», y me mostró una libreta donde había ido anotando palabras y expresiones que yo había usado en los cuentos, para usarlo como material durante el curso «recordar una determinada expresión dentro del cuento les ayuda a fijar estructuras o expresiones más fácilmente», me aclara. Por lo que me cuentan varios profesores, el Festival de Alden Biesen es un evento esperado por todos los estudiantes, y hay grupos que repiten cada año. Me disculpé porque otra vez he olvidado presentarme como es debido, pero un hombre del público repuso: «No te preocupes, sabemos quién eres, te hemos buscado en Google». Y es que hoy San Google hace parte del trabajo…

Aquí y allá gente del público me pregunta sobre un detalle u otro de los cuentos, «¿Qué significa pisar?» «¿Gallina y pollo es lo mismo?» Y también me cuentan de su fascinación por nuestro idioma, de su vínculo con nuestra cultura, y me preguntan de dónde vengo, a dónde voy…

Y hablando de ir y volver… pienso en que mañana mismo me toca volver a casa. Así que me voy despidiendo del público, que ya se retira a sus casas, de los compañeros, del equipo de Alden Biesen, agradeciéndoles su amabilidad y sus cuidados… Y al día siguiente, después de dormir por última vez en mi alcoba de princesa y desayunar en buena compañía con otros compañeros narradores que acaban de llegar, abandoné el castillo, hice el recorrido inverso de trenes (ahora ya conozco los trucos), taxi (los autobuses en Zaventem brillan por su ausencia) y avión, y el mundo real fue borrando las huellas del mundo extraordinario, de manera que hoy, una semana después, lo pongo todo por escrito antes de que empiece a confundir lo vivido con lo soñado.

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