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De cuentos en México 3

07/06/2014 - blog
Hicimos parada en Palenque, pero el viaje no se detuvo ahí: han sido cuatro días de recorrido por Chiapas llenos de experiencias que aún estoy destilando. Hoy cae la lluvia en Mérida, estamos en temporada de huracanes, y parece que ya ha pasado mucho desde el festival Palabras al Viento de Celaya. Aprovecho para agradecer a Laura Casillas por su estupenda labor y por la oportunidad de haber participado en el festival y a todo su fantástico equipo: Jackye, Beto, Malú, Walter, a toda la gran familia del festival, un abrazo enorme, les extraño. Ahora que lo vivido ya se mezcla con lo soñado, he aquí la tercera entrega.

Martes 20 de mayo
Mañanita tranquila en Celaya, aprovecho para descansar, pasear por el centro, preparar los cuentos de la contada de la tarde y de la gala de la noche. Aún dudo sobre qué cuentos contar en la gala en el Néctar, que bajo el nombre de “Y Dios creó al mundo: los pueblos cuentan su historia”, reunirá a seis de nosotros. No sé si contar algun cuento supuestamente procedente de mi tradición (y digo supuestamente porque no son exclusivos de mi tradición, sino compartidos por muchas culturas) o algún cuento de los que, pese a ser de una cultura bastante alejada a la mía, hace tiempo que se ha hecho un lugar en mi corazón y me acompaña siempre. Y ahí ando, de reflexiones, tanto interiores, como con los compañeros de cuentería con los que me voy encontrando a la hora del desayuno, en las pausas, descubriendo la ciudad… Hay tiempo aun para decidir qué cuento ponerme.
A primera hora de la tarde, Iván, otro cuentero residente, nos viene a buscar a Maruca y a mi para contar

en la parroquia de Tierras Negras. El sacerdote, un hombre jovial y muy activo por sus iniciativas sociales en la colonia, se ha ocupado de preparar la gran capilla al aire libre cubierta de una gran carpa, que hace las veces de iglesia y de punto de reunión para eventos culturales. Y es que la capilla de la Virgen es el corazón del barrio de Tierras Negras. En ella la gente se congrega formando salas de lectura, gracias a la labor de Laura Casillas, siempre presente allá donde vamos, y también ensayan grupos de danzas de larga tradición, e incluso una banda de música formada por los niños de la comunidad. Hay un ambiente muy familiar, y los feligreses nos cuentan que la propia Virgen María y su madre visitaron la parroquia para darles la receta de las gorditas típicas del lugar, unas tortillas orondas que suelen comerse acompañadas de nopales. Y me las imagino allí, platicando tan ricamente mientras preparan las gorditas y sazonan los nopales, y me viene a la memoria la version mazateca de la resurrección de Jesús que cuenta mi querido Ignasi Potrony, donde los personajes sagrados son cercanos, cotidianos.

Y vamos con los cuentos. Iván presenta a Maruca, que abre la sesión, pues ya se ha reunido bastante gente, incluso un grupo de escolares que vienen algo revoltosillos. Pero Maruca se los lleva de calle con sus canciones. Su repertorio consiste en cantos y juegos, y en un momento consigue hacer participar a la gente con su sencillez y proximidad. Ya estamos allí todos cantando, los cantos consiguen reunirnos. Y viéndolos tan animados, me atrevo con la sopa de piedra y pronto hacemos un caldito de lo más sabroso, con un toque de chile, por supuesto. Compruebo que el cuento de “El abuelo, el niño y el pollino” también es un cuento de acá, y es que aún no he encontrado un lugar al que no pertenezca ese cuento, y seguimos con cantos y cuentos, y hasta los revoltosos acaban entrando en la historia.
Al finalizar, todo son besos, abrazos, fotos y preguntas. Y también nos invitan a comer las famosas gorditas con nopales; es la primera vez que las pruebo, y realmente saben a gloria, nunca mejor dicho.
Luego el padre nos invita a visitar la capilla, que tiene una hermosa puerta tallada en la que se entremezclan símbolos indígenas, y nos va contando la historia de la parroquia, reflejada también en grandes frescos, el último data de 2012, donde se relata el robo de la imagen y su milagrosa recuperación.

Cuando nos damos cuenta, tenemos que salir a escape, pues a las ocho me toca contar en la gala de la noche. Llegamo justito al Néctar, una bella hacienda que a la luz del atardecer aparece envuelta de un aire misterioso, y allí en el patio, se levantan unos poderosos árboles que nos dan la bienvenida con un susurro de hojas. De algún modo me recuerda a Kerala, en el sur de la India, y pienso en si debería contar un cuento de allá que me fascina, pero sigo dudando.
Me concentro en preguntar al universo qué puedo contar. Una hoja verde cae en mi regazo, y la contemplo sin entender qué mensaje me envía, yo y mi mania de interpretar lo que me rodea, así que intento concentrarme en escuchar a mis compañeros: Verónica Solís y Sergio Hernández nos acercan a los mitos de creación con un aire nuevo, luego Aneta Cruz-Kaciak, con un colorido traje mexicano, nos dibuja un paisaje invernal y mágico de su Polonia natal; le sigue Martín Céspedes, que con la elegancia heredada del teatro del gesto nos cuenta una hermosa leyenda sobre el origen del ñandú, creando imágenes de gran belleza, y luego hace gala de su vis cómica con un cuento en el que mezcla terror, misterio y erotismo, sazonado con su humor natural. Emilio Lome nos invita a la risa con sus pingüinos. Cada uno aporta su visión de la tradición con ojos nuevos. Y luego ya me llega el turno: estoy tan inmersa en los cuentos que casi he olvidado dónde estoy. Tengo la voz tomada de la humedad de la noche, así que no me atrevo a empezar con un canto como había previsto, y cuando subo al escenario el foco de luz es tan potente que no puedo ver a la gente, pero sí les escucho.
Así que me decido por “Lo que sucede cuando se escucha de verdad”, un cuento de la India en el que he ido engarzando la trama del Ramayana siguiendo los sabios consejos de Ignasi Potrony, y aunque no pude iniciar ni acabar el cuento con un canto en sánscrito, se creó un momento hermoso y sentí la emoción de la gente muy cerca, aguantando la respiración, absortos. Hubo un momento divertido en el que se escuchó el pitido del tren, pues acá suena muy fuerte, y daba la casualidad que pasaba cerca, invadiendo el cuento. Por fortuna, cayó en un momento de la historia en el que las mujeres estaban a la entrada del pueblo, sacando agua del pozo, así que lo incorporé a la historia, y ese día, las mujeres del cuento contemplaron el paso del tren con nosotros, y la llegada del narrador del Ramayana fue a través del ferrocarril, cómo no, un guiño del destino, siendo como soy de familia de ferroviarios. Y otro guiño más: al acabar la sesión, Verónica me comentó que los árboles que presenciaron la gala eran laureles de la India, y al recordar la hoja en mi regazo, todo cobró sentido y se me fueron todas las incertidumbres. Incluso fue bueno contar el cuento sin cantos, pues aunque es cierto que me gusta incorporar alguna canción en muchos de mis cuentos, y que últimamente he trabajado en proyectos acompañada de músicos, momentos así me sirven para no olvidar la fuerza que tienen las buenas historias, sin necesidad de aderezos, y dejar que suceda lo que sucede cuando se escucha de verdad, tal como dice el cuento.
La experiencia y el intercambio de impresiones con mis compañeros tras la gala también me hizo reflexionar sobre qué contar y desde dónde contar: en eso, como en muchas cosas, es bueno

seguir el corazón y la intuición, que muchas veces son uno, a fin de elegir la historia más adecuada para el aquí y el ahora. En cuanto a mi tradición, he llegado a la conclusion que es la de difundir y compartir la belleza de los cuentos que he tenido la fortuna de descubrir, sea de la cultura que sea, y alcanzar un gozo compartido.

Precisamente estos días recibí un correo de José María de Prada-Samper, excelente cazador y recolector de historias, en el que aparecía una hermosa cita de Wendy Doniger que, de algún modo, refleja esta idea que estoy intentando expresar: 

“… a story is a flame that burns no less brightly if strangers light their candles from it”

En su traducción: “Un relato es una llama que no brillará menos si alguien ajeno a ella la usa para encender su vela”.

Y aquí dejo el relato por hoy. Queda atrás Celaya, y el verdor de Palenque. Verde de la selva que guarda el tesoro de esa ciudad dormida, y rojo del flamboyán. Pero también rojo de la insurgencia y del espíritu luchador que he encontrado en Ocosingo, Bachajon, San Cristóbal… Y muchos más colores, pues Chiapas es colorida y diversa… Todo eso en la próxima entrega. Sé que voy rezagada, pero primero hay que vivirlo para poder contarlo.


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