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De cuentos en México 4

18/06/2014 - blog
Ya estoy de nuevo en Barcelona, pero mi reloj de dormir anda algo alborotado: voy todo el día como en una nube, pero a partir de las doce de la noche me siento amanecer totalmente despejada. Ahora ya sé lo que es eso del jet lag: es como querer estar en dos mundos al mismo tiempo, con sus días y sus noches.
Bien, que yo recuerde, dejé el relato de mi viaje por México a medio camino entre Palenque y San Cristóbal. Ya en la vida cotidiana, parece que haya pasado toda una vida. Para darle algo de verosimilitud, jugaré un poco al “como si…”, regresando a la infancia. Voy a hacer como si aún estuviera viajando por México y rememorando el festival Palabras al Viento.
Vamos allá entonces. Voy a dar un salto en el tiempo.
Miércoles 21 de mayo, Celaya, Guanajuato
De mañanita nos vamos con Martín Céspedes, Laura Casillas y Sebastien Essomba a la Escuela Dr. Francisco Paredes Velasco, un centro de secundaria de Celaya. Cuando llegamos, los alumnos ya se están colocando en la escasa sombra que ofrecen los edificios en la escuela: el único lugar donde se pueden reunir todos los estudiantes es la cancha deportiva, que carece de techado. Nos va a tocar contar a pleno sol, así que esperamos nuestro turno en unas sillitas a la sombra. “Intenten hacer cuentos no demasiado largos, pues el sol avanza”, nos aconseja Laura. Así que antes de que el sol nos gane la partida, Martín abre la sesión con el cuento “Por qué los perros ladran detrás de los coches” que tanto me gusta escuchar de Kapilolo Mahongo y Marlene Winberg, en su versión sudafricana, pero por lo que veo también existe una variante andina la mar de divertida, así que de repente, la imagen de los animales viajando en taxi por un páramo que tenía en mi cabeza es reemplazada por una carretera de montaña repleta de curvas. Es mi turno y echo mano de mis cuentos de lobos y lobas con Anda de día y La muchacha lobo. A continuación, toma el relevo Sebastien con sus juegos de cantos y ritmos, pero el calor arrecia, y Laura le pide sabiamente que cierre la sesión ya, a pesar de que ella aún no ha contado, pues el sol es demasiado fuerte y teme por la salud de los estudiantes. Sin embargo, a pesar del calor, los cuentos han llegado, pues al acabar todos los estudiantes se acercan a hacer preguntas y pedir firmas.
A las seis de la tarde, otra sesión en la comunidad Patria Nueva, y por la noche, mis compañeras narradoras me han hecho un huequito en la gala de la noche, “Con el corazón en la mano: mujeres contando”, pues me apetece mucho dedicarles a mis compañeras de contadas de estos días un cuento que he tenido en barbecho un buen tiempo y que va en consonancia con algunos de nuestros temas de conversación.
Así que Beto nos conduce a DianaYademira y Cristina, de LeLuMus, y a mí rumbo a Patria Nueva. Salimos de la ciudad, cada vez hay menos edificios y más tierra de por medio, pues se trata de una comunidad prácticamente rural pese a pertenecer aún a Celaya. Después de muchas vueltas por caminos polvorientos y no pocos cuentos, pues Beto se nos revela como un narrador en potencia, ya que como taxista tiene en su haber bastantes historias misteriosas de aparecidos, llegamos a las canchas de Patria Nueva.
El lugar está bastante desolado, ya nos han prevenido de que se trada de una comunidad de recursos bastante precarios y con muy poca actividad cultural. Los padres muestran un escaso interés en que los niños disfruten de actividades culturales pudiendo emplear mejor el tiempo en otros menesteres. Por fortuna, contamos con la complicidad de los maestros: en la escuela han dicho a los niños que asistir a la contada es materia obligatoria, y que la tarea del día siguiente tratará sobre los cuentos que les contemos. Es por eso que los padres han dado su

consentimiento, y poco a poco, al ver los preparativos de sonido, los niños desperdigados por la cancha empiezan a apiñarse a nuestro alrededor. Se agrupan formando un puño, ajenos al concepto de espacio vital. Armados de cuadernos y bolígrafos, nos miran con gravedad. Cuando Cristina y Yademira abren la sesión con la canción del piojo Filemón, muchos de ellos sujetan el cuaderno con firmeza y preparan el bolígrafo, expectantes. Al poco, Cristina interrumpe esta escucha tensa diciendo: “¡Chavos, suelten los cuadernos y disfruten! Cuando acabemos la contada nosotras les ayudaremos con la tarea.” Y no de inmediato, sino poco a poco, vemos como van dejando a un lado libretas y lapiceros y se van metiendo en la historia de Filemón y su danzón.  Sigue el relevo Diana, que cuenta una fábula de astucia que les hace reír, y muchos ya participan, divertidos. Se ha roto el hielo. Pero la atención es frágil, así que a una mínima señal de Diana, me incorporo y lanzo el ¿krik? ¡krak! mágico de los haitianos para convocar el cuento. La historia de Ma Beauté parece convencerles, y sin necesidad de que les pregunte, todos saben de antemano quién es el hombrecillo de ojos rojos del cuento.

Ha sido una sesión difícil, pero la hemos defendido bien entre todas, acompañándonos. Al acabar los cuentos, contestamos a las preguntas de los niños para que puedan cumplir en la escuela: “¿Cómo te llamas? ¿De dónde vienes? ¿Cómo se llama tu cuento?” Y nuestros nombres aparecen en multitud de cuadernos de apretada caligrafía. También nos piden firmas, dedicatorias… No estoy acostumbrada a esto de las dedicatorias, no sé qué escribir… Yademira me comenta que a ella le gusta escribirles algo lindo, luminoso, positivo, pues es posible que nosotras no volvamos a ver ese pedazo de papel, pero quién sabe si lo releerán a menudo. Vale la pena tomarse un tiempito, pues el cuento es efímero y variable, pero la palabra escrita queda.
Y tiempito precisamente no es lo que nos sobra: salimos a escape hacia el Restaurante Velaria, donde tenemos la gala de la noche al rato, y cuando llegamos, entrando a trompicones, me quedo de piedra, pues en apenas una hora hemos pasado de un lugar perdido en el mundo a un local donde impera la sofisticación. Qué triste que ambos mundos estén tan cerca y, sin embargo, dándose la espalda, y qué bueno que de algún modo este festival los ponga en comunicación, que corrobore su intención de llegar a todos.
En la gala pude escuchar a Violeta Ramírez una preciosa historia de una mujer lobo, pues hasta entonces no habíamos coincidido más que en la inauguración; Yademira contó y cantó nuevamente la historia del piojo Filemón, y sin embargo, sonaba y resonaba bien diferente aquí. Al bajar del escenario nos despedimos, pues se iba al día siguiente temprano. Juanita Tegualda entretejió varios cuentos fascinantes de su espectáculo “La tejedora” que me dejaron con ganas de ver la sesión completa. Pero las canciones de Maruca borraron toda la melancolía, y coreamos Razón de vivir y Desde mi libertad, hilando instantes muy emotivos y hermosos. Después aproveché el huequito que me cedieron generosamente y conté “El vestido de perlas”, un cuento tradicional que había tejido y destejido varias veces a lo largo de los años, usando la canción de La tarara como hilo conductor, pero sin quedar del todo satisfecha. Sin embargo, hace unos meses tomé hilos de diferentes variantes del mismo cuento que hallé mediante el índice tipológico internacionalde cuentos, y acabó tomando forma. Curiosamente también hace poco hallé dos estrofas más de la canción que no conocía y que encajaban perfectamente con esta nueva versión. Debía ser éste su momento. Los cuentos, como las personas, necesitan pasar sus propios procesos. Y qué bueno poder escuchar de nuevo también a Diana y a Janet, quien contaba con tanta fuerza que parecía desencadenar los rayos que iluminaban una tormenta lejana cuando levantaba los brazos.
Cenamos delicioso, y seguimos hablando de los cuentos, de cómo tejer y destejer un cuento, hasta adaptarlo a tu medida, a tu forma de contar, a tu naturaleza, y de cómo el cuento va creciendo contigo, o incluso sin ti, de cómo a veces crece, alza el vuelo y se va…

Cae un tremendo tormentón sobre Barcelona y esto me devuelve al presente. Parece que  Chaac, el dios de la lluvia del panteón maya, me ha seguido desde Chiapas, pues la lluvia fue una compañera constante en esos días. Seguimos mañana, que quiero intentar ir acompasando mi reloj del sueño.

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