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De cuentos en México 5

25/06/2014 - blog

Hoy he empezado el día con un café de olla, con su canela y su piloncillo, para ver si con el aroma la memoria me traslada a un mes atrás en México y sigo relatando el festival Palabras al Viento de Celaya. Allá vamos con otro salto en el tiempo.


Jueves 22 de mayo
Salimos del hotel cuando aún no han puesto las calles. Aún es de noche, y hasta el restaurante del hotel todavía duerme. Por suerte, frente al hotel hay una farmacia, y es que aquí en las farmacias te administran de todo, hasta un cafecito, que a estas horas tan tempranas es como el elixir de la vida eterna.
Subimos a la furgoneta y allá vamos, un puñado de narradores con cara de café cargado, rumbo a León, la Perla del Bajío. Va amaneciendo sobre un paisaje llano, se divisa algún cerro de vez en cuando, poco a poco vamos despertando al ritmo del paisaje, y casi sin darnos cuenta, ya estamos llegando. León es una ciudad grande y próspera que supera con creces en población a Barcelona. Llegamos al campamento base: la casa de Maricela, quien con su hija Marie nos reciben calurosamente y nos reparten una bolsa de desayuno preparada con toda ternura que me hace sentir de vuelta al cole, y al poco nuestro grupito se divide y partimos hacia los cuatro rumbos de la ciudad.

Mi equipo de la mañana son Walter Díaz, Israel Garcés y Daniel Gallo: vamos a la Ciudad del Niño Don Bosco, una institución que acoge niños en situación de riesgo de exclusión social de todas las edades. Vamos a contar para todos los niños de primaria, aunque algunos ya son más mayores por haber iniciado la escolarización más tarde, nos advierte la coordinadora, mientras nos acompaña a un gran hangar de techos altos, repleto de sillas. Se oye el revuelo de los gorriones que anidan en el techo, sorprendidos por la visita mañanera. Al ver como reverbera un simple piar de pajarillos, no quiero ni pensar en el ruido de fondo que se armará cuando todas las sillas estén ocupadas de niños parloteantes. Pero me equivoco: al poco empiezan a llegar los niños y a sentarse ordenadamente, y me pasma ver como se sientan tranquilamente y sin armar revuelo. Empiezo a contar: cien, doscientos… Pierdo la cuenta, y me concentro en los cuentos.

Abre la contada Israel con un hermoso y sorprendente mito de creación del firmamento, y los niños están atentos a todos los detalles, guardando un silencio respetuoso. Ni siquiera un gorrión que se ha caído del nido y empieza a revolotear entre los niños para el ritmo de la sesión. Todos están dentro de los cuentos. Luego llega mi turno: primero cuento Ma Beauté y luego Juan y María, la versión de “Hans el sagaz” de Grimm que trabajamos con Ignasi Potrony, esta vez en su versión en español, y el aire se llena de risas reverberantes. Toma el relevo Daniel, quien con solo toquetear un poco el micro alzando una ceja ya consigue despertar las risas de todos los asistentes, pero me quedo con las ganas de ver el resto, pues ya Walter me viene a buscar para ir a contar a una Telesecundaria no muy lejos de allí.

La contada será en la cancha de la escuela, que afortunadamente está bajo techado. Los alumnos de secundaria muestran una atención discreta, de pretendida indiferencia, como de aquellos que piensan que los cuentos son en realidad cosas de una infancia que ya ven muy lejana. Pero la mejor forma de romper con los tópicos es empezar a contar: empiezo con cuentos tradicionales de transformación (La muchacha lobo y La gallina negra), sigue Walter con un cuento la mar de chistoso sobre las peripecias de una muchacha con sus pretendientes, y cierra Daniel mostrando su mimo-clown más gamberro, metiéndose hasta con los profesores y provocando la hilaridad general. Diría que la contada será tema de conversación y motivo de chistes para largo.

Después de los cuentos aún tenemos algo de tiempo libre. Israel ejerce de anfitrión en su ciudad. León se conoce también como “la capital del calzado”, pues su industria se centra en la producción de productos de cuero, así que nos acompaña al centro, y nos perdemos por unas laberínticas galerías repletas de zapatos, cinturones, bolsos… Por un rato cambiamos el uniforme de cuenteros por el de turistas.

De vuelta al campamento base, Maricela ya nos espera con algunas delicias la mar de exóticas para mí: queso con mermelada de xoconostle, pastel de chayote al horno, y para rematar el festín, la especialidad de la casa: pastel de elote, el maíz dulce siempre presente en esta tierra.

Después de la comida, todo el mundo cae rendido por un profundo sopor. Aprovechamos hasta el último minuto para dormir unos y charlar otros, y luego salimos hacia la contada de la tarde. Mario Ángeles, Laura y Óscar (Los tiliches del baúl) y yo nos dirigimos a la escuela General Lázaro Cárdenas, un centro que, de repente, me traslada a la escuela rural de Sant Miquel de Fluvià, el pueblo de mis abuelos. Contaremos en el patio, pero el cielo amenaza tormenta, esperemos que el dios de la lluvia tenga clemencia. Mario empieza convocando al grupo con un canto. La respuesta es buena, los cuentos pueden empezar, pero el cielo empieza a rugir como un jaguar, así que habrá que darse prisa para no enfurecer las nubes.







Le sigo con Ma Beauté, y de repente, en medio del cuento se me suma un espontáneo: es un niño a quien antes he instalado a primera fila con su silla de ruedas y hemos hablado un momento. Quiere, de alguna manera, estar presente en el cuento, así que le pido que me ayude un rato. Insiste en quedarse pero lo convenzo con la promesa de hacernos una foto juntos, dejo constancia de ello.

A continuación,  Laura y Óscar enfilan sus canciones contadas y sus cuentos cantados, pero Mario y yo ya nos regresamos a Celaya, pues no nos queremos perder la gala de nuestros compañeros: “África: tambores, ritmos, cantos y cuentos”.


De camino, la lluvia descarga toda su fuerza sobre nosotros: el coche parece desplazarse bajo el agua, tan impresionante es el chaparrón. El tráfico es lento y dudamos si podremos llegar a tiempo, pero afortunadamente, la lluvia va amainando y llegamos a la Casa de la Cultura cuando apenas ha empezado la gala, y es que la lluvia ha atrasado un poco el transcurso de la velada.

Allí ya está contando Boniface Ofogo con su majestuosidad habitual, vestido de blanco, como un príncipe. Le acompaña Sebastien Essomba con los tambores, anotando la historia de Boni con ritmos y cantos. También está Francisco Javier Casas narrador cubano que enlaza con hermosos cantos yorubas sus cuentos. Recuerdo especialmente la historia de Sawani, la princesa que se perdió en la selva, que acompaña con una hermosa melodía yoruba que le cantaba su padre, el rey, para acompañarle el sueño. Esa historia y su canto me conmovieron profundamente, y ahora, después de visitar Palenque (permitidme otro pequeño salto en el tiempo), cuando rememoro esta historia, me imagino a Sawani de niña, jugando en un soberbio palacio de piedra sumergido en la selva, correteando entre ceibas, mangos y flamboyanes, perdiéndose entre el laberinto de árboles.

Fue una noche mágica. Boni fue enlazando a todos los participantes con maestría, presentándonos también a la invitada especial de la noche, la bailarina Angélica Oyanga, hija de la famosa cantante de raíz del Caribe colombiano Totó la Momposina, quien agregó al ritmo movimiento, y gracias a la generosidad de la que hicieron gala los artistas en escena, se ataron los cabos de las raíces existentes entre África y América. Para finalizar la velada, Boni invitó a todos los narradores a subir a escena y formar un círculo mágico ritual de hermanamiento que propiciara paz y bienaventuranza para todos. Y así fue, pues la magia dejó impregnado el aire: abrazos, sonrisas y gestos de complicidad… No sólo las palabras, también los silencios de emoción compartida volaron con el viento en esa noche africana.


Hay que ver lo que da de sí una taza de café. No un café cualquiera, por supuesto. El de hoy era café chiapaneco, y su aroma resulta de lo más evocador.

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