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De cuentos en México 7

13/08/2014 - blog

Este verano está siendo extrañamente lluvioso. Más de chocolate caliente que de horchata. Por eso vale la pena aprovechar los momentos de bonanza atmosférica y disfrutarlos al máximo para poder encarar bien la llegada de tormentas y chaparrones.

Y hablando de chaparrones, me viene a la memoria el tremendo chaparrón que cayó el día de la clausura del festival Palabras al Viento de Celaya. Y como no me gusta dejar deudas pendientes, ahí va la crónica de aquel día.

Celaya, 24 de mayo

Por fin amanezco un día sin tener que madrugar para una contada a primera hora de la mañana. Algunos compañeros aún tienen sesiones de cuentos fuera de la ciudad, pero el resto de narradores aprovechamos para dar una última vuelta por el centro de Celaya ir de compras y degustar las delicias del lugar: cajeta (una especie de dulce de leche elaborado con leche de cabra originario de Celaya), licor de xoconostle, chocolate artesano…
Hace un bochorno considerable. Suerte de las aguas de sabor que se venden por todos lados, para calmar la sed y alegrar la vida: agua de tamarindo, de Jamaica, de limón y pepino, de fresa… Y por supuesto, la deliciosa horchata de arroz, que aunque no tiene nada que ver con la horchata de chufa, la verdad es que si tuviera que elegir entre una de las dos, no sabría con cuál quedarme.

Pero el tiempo, sobre todo en buena compañía, pasa volando, y cuando nos damos cuenta, la mañana se ha evaporado y ya es hora de dirigirnos al Palacio de la Cultura de Celaya donde se realizará la clausura del festival. Unos nubarrones amenazadores se van reuniendo sobre la ciudad. Boni Ofogo aún no ha llegado, así que no contamos con ninguno de sus rituales para alejar la lluvia, pero de momento, el tiempo aguanta.

La gala de clausura se inicia con los cuentos de los niños ganadores del concurso de narración infantil, y aunque en algún caso se nota una tendencia a memorizar los cuentos palabra por palabra, la narración de algunos de estos niños posee detalles muy frescos y espontáneos. 
Recuerdo especialmente a una niña que contaba un cuento de espantos, y para crear el ambiente de misterio de la noche, hacía sonar las campanadas de cada iglesia de la ciudad de un modo distinto. 
Y de otra joven narradora, ya adolescente, quien pertrechada tras su guitarra y mostrando un enorme desparpajo, consiguió hacernos cantar y contar los cuentos de Tío Conejo a todo el público como si lo que estaba haciendo fuera lo más natural del mundo. Y es que así es en cierto modo: contar es algo que hemos hecho los humanos desde que llegamos al mundo, y es un regalo encontrar a alguien que lo haga con sencillez y sin afectación sobre un escenario, incluyendo a todos dentro del cuento. El ritmo y la música me parece un modo excelente para lograrlo, recordándonos que todos somos uno contando.

Después fueron desfilando  por el escenario un narrador tras otro, y en las primeras filas, ocupadas por los narradores, reinaba la euforia pero también la melancolía, pues era la última vez que podíamos escucharnos unos a otros, sabíamos que ese instante no se volvería repetir, y aunque eso es algo que sucede en cada contada y conocemos muy bien, ese día creo que el sentimiento de impermanencia era más fuerte y denso, tan denso como las nubes que se iban agolpando sobre nuestras cabezas.
Finalmente, la lluvia se decidió a caer, lenta y pausada al principio. Los narradores disponíamos de un pequeño techado donde guarecernos mientras contábamos, y el público seguía imperturbable bajo la lluvia. Cuando la lluvia se transformó en chaparrón, fuimos muchos los que nos refugiamos bajo los soportales de la casa de la cultura, pero aún así, hubo mucha gente que, abriendo el paraguas de un solo gesto, permaneció en sus sillas, sin perder el hilo de las historias.
Aún recuerdo a Janet Pankowski contando bajo la lluvia, moviéndose de un lado para otro y alzando sus brazos al cielo. Empezó su cuento con un canto cherokee al sol que también suelo cantar en mis sesiones, pero ni siquiera así se apaciguaron las nubes. Yo ya estaba lista con el micrófono de diadema, al lado del escenario, cuando Walter me vino a avisar que se cancelaba la gala: si el agua seguía cayendo de aquella manera, podría alcanzar el equipo eléctrico y existía peligro de electrocución.
Y así fue como finalizó la gala, con la lluvia como protagonista. Apenas tuvimos tiempo de felicitar a Los tiliches del Baúl y aplaudir a Martín Céspedes (quien no se hallaba presente, pues era uno de los compañeros que aún no habían regresado de sus contadas fuera de la ciudad)  por los galardones que les otorgó el festival: a Laura y Óscar por su trayectoria nacional, y a Martín por su trayectoria internacional. Pero la lluvia no daba tregua. Todo el equipo organizativo se afanaba en recoger las sillas del patio, transformado en una gran charca. Sin embargo, el ambiente de magia y euforia aún se respiraba en el ambiente.

Recuerdo con nitidez el momento en que todos los narradores participantes que nos hallábamos presentes subimos al escenario, arrebujaditos bajo la carpa, para despedir al público refugiado en los soportales, y cómo una niña empezó a chapotear alegremente bajo la lluvia en el centro del patio desierto, ajena a todo. La melancolía de la lluvia que anunciaba el final del festival y la alegría de aquella niña disfrutando del agua reflejaban perfectamente lo que sentía en mi corazón, pues se acercaba el momento de las despedidas.
Ya en el Café Llasra, nos reunimos por última vez, y recibimos a los narradores que habían estado todo el día ausentes. Ya no estábamos todos: algunos habían partido el día antes, o por la mañana, el resto nos marcharíamos de madrugada.

Pero aún hubo tiempo para despedidas, abrazos, intercambio de correos y de buenos deseos. Efraín Zanaobsequió al festival con dos colgantes de plata que creó inspirado en estos días de festival, durante los cuales tanto él como toda su familia nos han seguido de contada  en contada: un corazón prehispánico y una voluta florida que se sortearon entre los narradores. Quizás faltó robar más tiempo para poder hablar y departir con calma de todo y de nada, para compartir experiencias y cuentos, aunque seguro que siempre nos quedaríamos con ganas de más, así que bienvenido sea todo lo que pudimos compartir en el Festival Palabras al Viento, y agradezco enormemente a toda la organización: Laura y familia, Malú, Jackye, Beto, Walter, Laura, Violeta y tantos otros compañeros del equipo por haberlo hecho posible.

Esta mañana también me ha despertado un tremendo chaparrón veraniego, pero finalmente ha escampado; ahora el cielo está despejado, refresca un poco, pero asoma un tímido sol.

Y es que este verano está siendo extrañamente lluvioso. Más de chocolate caliente que de horchata. Por eso vale la pena aprovechar los momentos de bonanza atmosférica y disfrutarlos al máximo para poder encarar bien la llegada de tormentas y chaparrones.

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