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De nuevo en Conakry

20/11/2012 - blog
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Ya he vuelto de Conakry, aunque no del todo. Esto de cambiar de un mundo a otro con sólo subir a un avión resulta extraño; a pesar de estar ya en Barcelona, es como si el calor y el bullicio de la ciudad guineana aún me acompañaran.

Para engañar al tiempo durante el vuelo de ida elegí como compañero de viaje a Jean-Claude Carrière y su círculo de los mentirosos, y me llamó la atención una frase: «Vivimos dentro de una historia, la nuestra, y también dentro de la historia de algunas personas cercanas a nosotros. Y también vivimos dentro de otras historias, que compartimos con nuestros vecinos, con nuestro país, a veces con el mundo entero.» Esto es, en cierto modo, lo que me ha parecido vivir estos días.

Jueves 15 de noviembre: aterrizo en Conakry de madrugada, y aunque la temporada de lluvias ya ha finalizado, el tiempo se ha vuelto caprichoso, y poco después de llegar al hotel cae un buen chaparrón con tormenta eléctrica incluida. Me duermo escuchando un viento feroz que me recuerda a la tramontana.

b20121120_2A primera hora de la tarde, gracias a la eficiencia del equipo de la Embajada de España, que ha pensado en todo, acudo a mi primera cita con los cuentos: el Groupe Scolaire Hamdallaye, en el barrio del mismo nombre. El director de la escuela, un hombre entrañable que apuesta por la enseñanza del español en su centro, nos conduce escaleras arriba hasta la última planta de un edificio enorme que alberga más de un millar de alumnos. Los más pequeños corretean por todos lados con su uniforme marrón: ya han acabado las clases por hoy. Entro en una clase llena a rebosar de niños: son los más mayores, que me reciben con un griterío entusiasta. Poco antes de empezar se va la luz, así que queda descartado el uso de micrófono. «Escuchad en silencio, que Susana ha venido de muy lejos para contaros cuentos», les dice el director. Y el silencio llega, y los cuentos también.
b20121120_3Me acuerdo del temporal de anoche y empiezo con el gigante del mar, de un mar pequeñito, que es de donde vengo yo, les cuento. Motivos y personajes desfilan ante nosotros, y poco a poco los niños entran en el cuento siguiendo los gestos, las palabras, los ritmos… Me encanta ver cómo se ríen con ganas al oír la frase «Tu as fait une bêtise!» cuando Juan, el protagonista del cuento, hace alguna barbaridad. Al acabar la sesión, todos quieren demostrar sus conocimientos de español: ¿Cómo te llamas? ¿Cómo está usted?, ¿Cómo se dicen los meses del año en español? Intento saciar su curiosidad. Luego yo también recibo un regalo: Balu, una niña de unos nueve años cuenta sin pestañear, delante de todos, una historia graciosísima sobre una niña a quien no le gustaban las coles. Me deja sin habla: aquí no tiene sentido preguntarles ¿Dónde se guardan los cuentos?, los llevan siempre consigo, tranquilamente. A pesar del calor sofocante, parece que nadie tiene ganas de marcharse. Pero finalmente llega el momento de salir de los cuentos y volver al mundo real, o por lo menos, temporal. Al atravesar el patio de la escuela, algunos niños me despiden con un sonoro adiós. Yo les contesto con «Ne fais pas de bêtises!», imitando a la madre de Juan, y se parten de la risa.

b20121120_4Viernes 16 de noviembre: un embotellamiento añade un poco de retraso a nuestra cita en el Lycée Français Albert Camus, y los más pequeños esperan impacientes. Algunos ya me conocen del año pasado, así que están más que dispuestos a perdonarme y zambullirse en las historias cuanto antes. Nada más empezar conseguimos hundir a un gigante en el fondo del mar, luego encontramos las avellanas de ayayay y los tres pelos de la barba del diablo, y seguimos al bueno de Juan en todas sus peripecias. En la segunda sesión con los más mayores, los niños están tan metidos en el cuento de las avellanas que suspiran y lanzan exclamaciones de sorpresa al unísono, y me hacen sentir muy afortunada por el hecho de estar aquí y ahora, en un momento único e irrepetible. Entre todas las historias acude sin falta el cuento de Ma Beauté, un cuento que en Guinea se conoce como Daado l’orpheline y que el año pasado se convirtió en su cuento favorito. Anne, la directora, se despide afectuosamente: pronto finalizará su estancia en Conakry, y viajará a un nuevo destino, aún desconocido, como hacen los cuentos; ojalá coincidamos en otras tierras.

b20121120_5Sábado 17 de noviembre: al llegar a primera hora de la tarde al Centre Culturel Franco Guinéen para las pruebas de sonido nos informan de que algunos alumnos de español llevan allí horas esperando. «Pensaban que la sesión de cuentos era a las dos y media, y han decidido sentarse a esperar hasta las siete y media», comenta su profesor. En Conakry los desplazamientos son tan largos y costosos que la mayoría de la gente no se puede permitir hacer viajes en balde. Afortunadamente, en el auditorio del CCFG se está fresquito y en penumbra. Pido un poco de luz de sala para poder ver las caras, las sonrisas. Empiezo con los cuentos; el público me va siguiendo y guiando a la vez, y parece que el tiempo se detiene, como dándonos una tregua para que algo suceda. Y sucede. El cuento echa a volar y tengo la sensación de ser una espectadora más de la historia que estamos construyendo entre todos, en un mundo compartido donde todo es posible.

b20121120_6Pero la magia de los cuentos es limitada y el tiempo volverá a correr implacable cuando acaben las historias. Acabamos con el cuento de Juan y María, y los alumnos de español corean con entusiasmo los días de la semana, los saludos y los gestos. Me despido de ellos en la puerta del auditorio, algunos me hablan de lo que han visto, de los cuentos que han recordado mientras escuchaban. Y llega la hora de despedirse, de hacer la maleta y salir para el aeropuerto, donde, como por arte de magia, volveré a cambiar de un mundo a otro con sólo subirme a un avión.

Un cordial saludo y todo mi agradecimiento al personal de la Embajada de España, en especial al Responsable de Proyectos de AECID, Eduardo Martínez, y al Primer Consejero, Santiago Sierra, por acompañarme en todo momento y conseguir con su entusiasmo y dedicación que los cuentos cumplieran su cometido.

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