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Y la ranita cantó

16/07/2009 - blog

Impone entrar en Wad Ras. Quizás se deba más a las imágenes de que te vienen a la cabeza de películas tipo estrenos TV que por el lugar en sí, pues aparte de los guardias y las puertas de seguridad, parece que estemos en un hospital, una escuela, un internado. Y de las internas, ni huella aún, están en un taller, pronto llegarán. Nos acompañan a la sala polivalente: teatro, comedor, sala de actos… ecos y olores se confunden en un gran salón de techos altos que resuena e invita a gritar para calibrar el eco. Parece ser que no habrá problemas de sonoridad…
Ignasi comprueba las sillas, la luz, hace preguntas técnicas, precisas, se prepara tranquilamente. Yo también me preparo, pero es mi primera sesión “dentro” y ando algo aturdida absorbiendo el espacio, cuando voy a hacer una pregunta, él ya viene con la respuesta. Todo listo. Hace calor. Aún estamos solos.
Una canción me repiquetea en los oídos, y aprovecho para soltarla hacia las paredes, para que la oiga Ignasi y me diga su opinión. Y en lugar de decir, opta por contar: “En la región de los grandes lagos, la niña abrió los ojos y descubrió el mundo…” Y va desgranando un mito soberbio por su riqueza en imágenes, algunas de ellas que infunden pavor. A punto de ser devorada por la serpiente peluda, la niña cantó pidiendo ayuda. Y fue entonces cuando el canto a Elegguá encontró su sitio, y la ranita cantó… Y la ayuda llegó en forma de pájaros. Pájaros del trueno y la lluvia. Y decidimos empezar así, Ignasi contando y yo cantando.
Ignoro si la tribu de los indios menomini y el pueblo yorubá habían tenido antes algún tipo de relación. El caso es que a partir de ese día, la ranita de la lluvia y la melodía del Abrecaminos se dieron la mano y desde entonces canto y cuento siguen creciendo juntos. Gracias a la sala polivalente de Wad-Ras por ejercer de espacio creativo, y a todas las mujeres de Wad Ras que compartieron ese momento con nosotros.

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