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Con M de miedo

23/08/2010 - blog

El festival Un riu de Contes de Bellver de Cerdanya se aproxima…
El viernes hay programada una sesión de cuentos de miedo.
Pero… ¿Qué es el miedo?
La misma pregunta del protagonista de Juan Sin Miedo me rondaba a mí estos días. Me sentía algo frustrada rebuscando en mi despensa, sin encontrar ninguna historia de miedo que me convenciera. El miedo es algo muy personal, lo que a uno le aterroriza puede hacer morir de la risa a otro, así que no es tarea fácil.
Siempre he sido miedosa y, sin embargo, de pequeña me gustaba leer historias de miedo. Sabía que con sólo cerrar el libro, estaba a salvo. Pero una cosa es leer cuentos de miedo, y otra muy distinta es contarlos. ¿Cómo es que ahora mi despensa de narradora anda tan escasa de cuentos de miedo, cuentos como los de Poe, donde al final el horror y la muerte se enseñoreaban de todo?
Quizá tenga algo que ver con ello mi progresiva “conversión” a los cuentos tradicionales. No es que en los cuentos tradicionales no hayan miedos, no. Los hay, y muchos. Los más gordos. Esos que no decimos, que no nos atrevemos ni a pronunciar porque ni siquiera sabemos qué forma tienen, porque pensamos que al decirlos pueden cobrar vida. Pero a diferencia de los cuentos de autor, donde la historia navega según el libre albedrío de quien la ha escrito, para bien y para mal, en los cuentos tradicionales eres libre para dibujar tus propios miedos, atreverte a nombrarlos, aunque sea sin pronunciar palabra. Y al final, en los cuentos tradicionales todo es para bien. Incluso el mal. Quizá es por eso que me gustan.
Como siempre, el destino me da otro empujoncito. Como cada noche, elijo un libro: ayer tocaban cuentos de Azerbaiyán, suministrados por mi buen druida Ignasi. Antes de abrir el libro me puse a curiosear la contraportada, y me encontré con esto:
Y es que, como dijo Gorki: “el pesimismo es totalmente ajeno al folklore, a pesar de que sus creadores vivían una existencia dura y difícil, carente de derechos… Es propia de la colectividad la conciencia de su inmortalidad y de que al fin vencerá a todas las fuerzas hostiles”
No sé si contar cuentos nos hace más inmortales, pero sí creo que nos hace más felices. Y ya no me siento tan frustrada por no tener cuentos “de miedo”. Quizá una de las razones por las que cuento cuentos sea para enfrentar los miedos, para ahuyentarlos. Para sentirme a salvo sin tener que cerrar el libro.

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