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de cuentos en Fraga

30/03/2019 - blog

martes 19 de febrero

Salgo de casa cuando aún no han puesto las calles para tomar el primer tren de la mañana. A la salida de la estación de Lérida me saluda el parpadeo de unos faros: Patricia McGill ya me espera en su coche, nerviosa por los mensajes que le envía su hija, que sale de cuentas hoy y tiene contracciones desde ayer por la noche. ¿Nacerá el niño bajo la influencia de la súper luna?

Nos dirigimos hacia Fraga por un paisaje desdibujado por la niebla, tenue y misterioso, muy a tono con la incertidumbre que nos acompaña: ¿Podrá cumplir Patricia con todas sus sesiones de cuentos o deberá salir corriendo para ejercer de madre y abuela? Incertidumbre y emoción al mismo tiempo, como de Noche de Reyes…

Mientras nos ponemos al día de nuestras cosas, la ciudad se aproxima, y apenas sin darnos cuenta, llegamos a la avenida Madrid cruzando el río Cinca. Aún ignoraba que mientras cruzábamos el puente, la ciudad antigua nos espiaba a nuestras espaldas, agazapada sobre una peña envuelta en bruma.

Siguiendo el recuerdo de Patricia, que ya participó en el Festival FragaTCuenta cuatro años atrás, localizamos el Hotel Casanova, con un enorme letrero verde que anunciaba “chocolate con churros”, y me rendí al capricho. En el café del hotel los jubilados habían juntado varias mesas y charlaban de sus cosas en un catalán juguetón con los finales, desdibujando las fronteras de la “a” y la “e”.

Después de un buen desayuno, Patricia se va a las sesiones de cuentos y yo me quedo de retén en el hotel, atenta a las llamadas. No me toca contar hasta la una: mala hora para contar en un instituto, después de una mañana de clases, pero las circunstancias obligan, así que me voy con tiempo al Instituto Ramon J. Sender, situado frente al Cinca y rodeado de cipreses y pinos. En la biblioteca ya me esperan: habían movido mesas y sillas para acoger la sesión de cuentos. Afino el kokle viajero y lo conecto al bafle que he traído para que se escuche mejor, pues el sonido del kokle está pensado para espacios pequeños, como casas rodeadas de nieve, o quizá bosques silenciosos, y esperamos que suene la sirena.

Los estudiantes son dos grupos de 1º de ESO que desde primaria ha seguido educación bilingüe. Me impresiona su un buen nivel de inglés, hablan con soltura y conocen el nombre de muchos árboles. Y empieza el viaje: el cuento de un eucaliptus nos lleva a hablar del fire-stick farming de los aborígenes australianos, luego de un salto nos plantamos en Haití con la historia del Magic Orange Tree y acabamos plantando entre todos un hermoso naranjo, y de eso aquí saben bastante, pues estamos en un valle dedicado al árbol frutal, y durante la floración el paisaje es espectacular. En el centro de su patio hay un pino venerable, así que también cae el cuento cherokee sobre pinos y Pléyades, y acabamos con una ronda de preguntas, pues tienen curiosidad por saber cuántos idiomas hablo,  porqué cuento lo que cuento… si elijo las historias por algún motivo, porque son interesantes y punto, o si hay algo más… Sus preguntas son certeras, me hacen reflexionar, charlamos hasta que la sirena rompe el momento de magia. Toca volver a la realidad. Un alumno letón se acerca con timidez para ver el kokle de cerca, pues nunca ha tocado ninguno. En casa no hablan letón, sino ruso, y le animo a que mantenga su lengua, pues necesitamos futuros traductores de letón y ruso que puedan traducirnos todos los cuentos de su país que prácticamente solo se encuentran en estas dos lenguas.

Me viene a buscar Ana Barrafón, directora de la Biblioteca Municipal y alma del festival, y nos reunimos con Patricia para comer; su futuro nieto sigue sin decidirse a nacer hoy, así que hacia el atardecer vamos juntas a la Oficina de Turismo, donde está programada su sesión para adultos de la noche. El casco antiguo es un laberinto de calles empinadas, pero entre la intuición de una y el recuerdo de la otra, pronto llegamos a un pequeño paseo arbolado, y justo al principio está la Oficina de Turismo, un edificio que también comparte el Instituto Comarcal Musical y seguramente alberga más de una historia… y más de un inquilino. Un ratón diminuto asoma por detrás del lienzo blanco que servirá de fondo a los cuentos de Patricia; aparece de vez en cuando asomando la nariz con sigilo y se retira al menor movimiento. El público expectante que ya ha tomado asiento, lo observa divertido. Me recuerda al ratón astronauta de Torben Kuhlmann. Se diría que el ratoncito también está ansioso por que empiecen los cuentos, así que Patricia empieza y nos lleva de viaje por China y Japón, desde Gales hasta Irlanda, y tanto delante como detrás de la cortina se respira una escucha atenta.

Un lujo poder escuchar a Patricia en inglés: paladea las palabras lentamente, como un caramelo, ayudando a la comprensión, mezclando alguna frase de catalán para repescar a los que han perdido el hilo… Y la historia se abre camino, más allá de las palabras. Patricia cuenta con el gesto, con las miradas, y sobre todo con los silencios. Se despide con un cuento de Nasrudín, ese entrañable trickster de alocada lucidez, sobre una olla que ha dado a luz una ollita pequeña: no es la única referencia a nacimientos que aparecen en los cuentos de esta noche. Sin embargo, al acabar la sesión y hablar con su hija, ésta le dice que el niño aún se hace esperar.

Cenamos unas tapitas cerca de la oficina y luego nos vamos a casa: yo dejo el teléfono encendido por si Bárbara se pone de parto por la noche y me toca sustituir a Patricia a la mañana siguiente.

miércoles 20 de febrero

La noche ha transcurrido sin novedad, y por la mañana, después de desayunar, me despido de Patricia, pues cuando acabe sus sesiones saldrá a escape hacia Barcelona. Yo aprovecho para dar una vuelta por la ciudad: cruzo el puente en busca de la zona ajardinada que promete el mapa. Hay una excavadora retirando piedras de la ribera y el agua baja algo turbia. Sigo hasta un recodo del río donde se ha instalado un rincón de juegos para niños; me cuesta identificar los árboles:  sauces llorones, álamos y abedules presentan un aire desangelado, pero los botones de las ramas ya prometen sombras de verano. Más adelante me tropiezo con un círculo de abedules que rodean un sauce llorón de tronco múltiple, con un banco de piedra al lado. Y me imagino ese lugar en verano, un círculo frondoso que esconde un sauce llorón, como el tilo de tres troncos del cuento del pájaro bulbul, y deseo poder estar allí en verano y contar el cuento del pájaro bulbul bajo su sombra.

Hacia la una y media vuelvo al instituto que visité ayer cargada con el kokle grande, obra del artesano y guardia forestal Andris Roze. Hoy tocan cuentos en catalán, y he traído la sesión de cuentos con poesía de Carles Fages de Climent, principalmente de su obra Les bruixes de Llers (que por cierto acaba de ser reeditada por Brau Edicions). La historia de la doncella caníbal  logra atraparles, pero es una sesión compleja, que mezcla música, cuentos y poemas, que pide atención y la hora es mala, los alumnos están cansados, algunos preocupados por los exámenes, otros tienen gana de meter bulla, de interrumpir… Reduzco la sesión, y cuando suena la sirena, salen a escape. Sé que era uno de los riesgos de contar a esas horas, e intento imaginarme lo que debe ser estar en el instituto aquí y ahora, con el cansancio de las horas de estudio, con la modorra del crecimiento…

Después de comer aprovecho para seguir leyendo Teacher Man, de Franck McCourt, y me entusiasmo con su forma de plantear las clases, de hacer locuras, de escuchar a los estudiantes y darles las riendas. Se me ocurre que mañana, para evitar lo que ha sucedido hoy, cambiaré los planes: qui no arrisca, no pisca, como diría mi abuelo Miliu.

jueves 21 de febrero

Amanezco con una gran noticia: ¡Patricia ya es abuela! Veo a Sebastián, un niño hermosísimo, duerme en el regazo de su flamante abuela, feliz. Pronto escuchará sus cuentos. Desayuno en el bufet del hotel rodeada de idiomas y acentos: catalán, holandés, ruso… Oigo a un hombre decir «Jo sóc del Marroc» en un catalán impecable. Hablan de motores, de horas de viaje, comparten información sobre los mejores lugares para comer o dormir en esa ruta. Me pregunto si el ambiente en un caravasar de la Ruta de la Seda sería algo así, salvando las distancias. Parece que la celebración del Día de la lengua materna, que es hoy, ya empieza aquí, en el buffet de desayuno.

Me viene a buscar Elena, del equipo de bibliotecarias, y me lleva en coche al Colegio Miguel Servet, en lo alto de la peña que domina la ciudad. Desde allí se ve lo castell, una construcción muy peculiar que protege las ruinas de la iglesia de Sant Miquel. Hace fresquito, así que nos apresuramos a entrar, y ya nos esperan en una biblioteca con mucha luz y por lo que pudo ver a primera vista, una buena selección de álbum ilustrado. Llegan los alumnos de 5º de primaria, y después de que la profesora anuncie que voy a contar cuentos en catalán, empiezo diciendo: «Bonjorno. Mi star Susana. Qui star ti?»

Risas, caras de sorpresa de los profesores… Los alumnos enseguida se apuntan al juego, responden, me dicen sus nombres. Y se meten en el cuento. Me llama la atención que cuando un alumno no entiende algo, enseguida otro lanza la traducción para los demás. Y entre todos nos sale una sopa de piedra deliciosa. Al acabar el cuento les anuncio: «Feliç dia de la llengua materna! A veure quantes llengües diferents tenim aquí?» Un montón de manos arriba: francés, turco, búlgaro, urdu, caló, romanó… Un niño comenta entusiasmado: «Yo hablo árabe, y en el cuento has dicho bezef, ¡eso es árabe, quiere decir mucho!» Y entonces les cuento sobre el sabir o lingua franca, una lengua vehicular que nació hacia el siglo X, durante las cruzadas, y sobrevivió hasta finales del XVIII en el Mediterráneo, una lengua nacida en el choque de culturas de las cruzadas, los saqueos piratas, la rivalidad de las ciudades estado italianas,  la vida en galeras o en prisiones de ambas orillas del Mediterráneo. A lo largo de los siglos, las personas de idiomas y culturas distintas fueron moldeando esta protolengua sin otra bandera que la necesidad y las ganas de entenderse. Y les agradezco que celebren el día de la lengua materna con su ensalada de lenguas, que bien podría formar una nueva lengua de todos en el futuro.

Luego sigo con los cuentos: les cuento el pájaro bulbul y les hablo del rincón que he encontrado en su río, por si en verano les apetece contar allí ese cuento. Les pregunto nombres de árboles y aprendo a decir mullererer, melocotonero en fragatí. Se quedan boquiabiertos con el kokle, que esta vez llevo sin bafle, lo cual les obliga a bajar la voz para escuchar bien. Nunca habían visto este instrumento, algunos tocan el ukelele y tienen ganas de acercarse y tocarlo. Pero el profesor les recuerda que tienen examen de mates, me dan las gracias y se van sonrientes: a esa edad los exámenes aún no son tan temibles.

Con Elena vamos al Instituto Bajo Cinca, nos están preparando la biblioteca. Estoy asombrada de encontrar bibliotecas tan confortables, pues en algunos institutos catalanes, faltos de espacio, se han tenido que ocupar como aulas, y es una pena. Elena me cuenta que Fraga fue muchos años el destino de profesores acabados de licenciar, pues los más experimentados preferían estar más cerca de la capital; esta llegada de profesores jóvenes y motivados fue muy positiva para la ciudad, pues se reflejó en equipos docentes llenos de ideas que promovieron la modernización de los centros, y eso ha dado fruto de muchas formas, y una de ellas es contar con una buena red de bibliotecas escolares.

El grupo que me toca ahora es un curso de 4º de ESO con su profesora, que me susurra «No les diremos que hablas su lengua para que se mentalicen en que van a escuchar inglés». «OK», respondo. Y luego digo: «Bonjorno. Mi star Susana. Qui star ti?»

Y volvemos a cocinar una sopa, y esta vez surgen también otras lenguas, aunque no tantas como en la escuela anterior. Y luego sigo en inglés, y me siguen hasta Australia y me ayudan a poner ritmo al cuento, y luego corean la canción del Magic Orange Tree como haitianos de pura cepa, y acabamos con un cuento cherokee. Les pregunto si les ha servido para desconectar de los exámenes y asienten con convicción.

Como tenemos un tiempo muerto entre sesión y sesión, Elena me lleva a la Biblioteca Municipal de Fraga. Allí conozco a Pili, a Juan y al resto del equipo de cultura. Charlamos un rato de cuentos, de palabras, y voy ampliando mi vocabulario fragatino: el mullererer es el árbol del mullerero o prèssec mollàs, la niebla es la segallosa, que me sugiere el nombre de un espíritu del bosque. El viento que de donde vengo llamamos tramuntana, aquí es el serç… Desde la ventana vemos como unos vendedores colocan sobre el techo de un coche un montón de jaulas con carderoles (caderneres para mi madre, jilgueros para mi padre) para que canten con el voltorn (el bochorno) del mediodía. Ya no xerrem (charlamos), sino que enraonem, pues como dicen aquí: Xerren els animals, enraonen les persones.

Me llevan al ático para contemplar las vistas, y Ana me dice que si me apetece, antes de la sesión de la noche me llevará a ver lo castell. Pero ahora toca contar de nuevo en el Instituto Bajo Cinca, esta vez en catalán: «Bonjorno…» Y les doy las gracias por ayudarme a resucitar una lengua muerta el Día de la lengua materna. Seguimos con el cuento de los pinos y las Pléyades y acabamos hablando del Tomicus destruens, un escarabajo que está acabando con los pinares de mi tierra pues, tal como dice el cuento, compartimos la misma naturaleza, y a los pinos el cambio climático les está afectando tanto como a nosotros, o incluso más, y de su salud también depende la nuestra.

Después de comer voy al hotel a preparar los instrumentos para la sesión de la noche, y cargada como una música ambulante me dirijo a la biblioteca infantil, pues a las 17:30 es la hora del cuento y quiero escuchar a Rosana. Cuando llego ya está contando la historia de la gallinita roja, una variante de nuestra gallina Marcelina, un disco que solíamos escuchar de pequeñas con mis hermanas, y del que aún recordamos pasajes enteros. Rosana cuenta y los niños corean las repeticiones de la historia, que conserva toda su frescura.

De ahí me voy a la Biblioteca Municipal a buscar a Ana y visitar lo castell. Me espera con una sorpresa: el libro Despallerofant, de Carlos González Sanz. Despallerofar (desperifollar) era la tarea de limpiar las panochas de maíz durante las tardes de otoño, una tarea familiar y comunal, perfecta para contar cuentos. Mientras espero que Ana acabe sus tareas, empiezo a leer la introducción, que no tiene desperdicio: «Pero por encima de todo se asemeja la narración al acto de «despallerofar» por ser un proceso, algo que se está haciendo, que se está desenvolviendo rítmicamente. En efecto, por narración popular no podemos entender sólo cada momento en que ésta es contada, sino la larga historia de narraciones y audiciones en que el relato ha ido construyéndose como un producto de la memoria y, por tanto, de los deseos y la mentalidad de los hombres en el seno de la cultura tradicional.»

Y va de ritmos la cosa, pues en la biblioteca descubro el libro Tengo tengo tengo: los ritmos de la lengua de José Antonio Millán; lo hojeo, saco mi libreta y apunto la referencia. «Emporta’t a Susana d’astí o s’amagarà entre els llibres com un ratolí de biblioteca i no hi haurà forma de trobar-la», dice Pili, divertida.

Pregunto si lo castell es muy lejos, para saber si llevarme el kokle y la maleta con el bafle. «Es aquí mismo», me comenta, «¿Pesa mucho?». Y como no pesa mucho, me lo llevo todo. Error. Cuando salimos Ana se dirige con garbo a una cuesta increíble, y a punto estoy de tirar la toalla en un momento. Y me da la risa porque me recuerda a la situación que vive el protagonista de uno de los cuentos que contaré esta noche, cargando un muerto montaña arriba.

Ya ha oscurecido cuando llegamos a lo castell, apenas sin poder hablar de la risa y el esfuerzo. Ana abre una puerta lateral y entramos en plena oscuridad. El momento en que se van calentando las luces y van iluminando el espacio es solemne. Me lleva al lugar donde Héctor Urién contó sus Mil y una noches, bajo las ruinas de los arcos de la iglesia que me recuerdan a un esqueleto de ballena, y me imagino a los personajes de los cuentos sobrevolando el espacio. Las vistas de la ciudad son espectaculares.

Volvemos a bajar, esta vez con la pendiente a nuestro favor, y al entrar en la pizzería veo que el lugar está repleto. Afino el kokle, y después de una breve entrevista de la televisión  local, aún con las piernas temblando del paseíto,  gracias a los versos de La balada del llum encantat de Carles Fages de Climent, ponemos rumbo a la sierra de Verdera. Es un público atento, lástima no haber previsto un micrófono, porque el local está repleto y los cuentos de misterio pierden la gracia si se alza mucho la voz, así que todo el mundo está quieto y atento, para escuchar y dejar escuchar, y los mantengo en vilo hasta el final. «Ai nena, com ens has fet patir amb l’últim conte!» comenta un hombre entre risas. Y les sugiero que hagan una versión de la historia situada en Fraga, pues parece que este cuento podría echar fácilmente raíces en este paisaje, tal como lo ha hecho en mi Empordà natal, pues los cuentos son de donde pueden crecer y florecer a gusto.

Me despido del equipo del Festival FragaTCuenta con cariño: me han hecho sentir como en casa. Ana se queda a cenar conmigo y seguimos hablando de cuentos, de libros, de anécdotas familiares… Y ya toca recogerse, que mañana hay que madrugar: me voy tempranito en un autobús que atraviesa un paisaje desdibujado por una niebla, de vuelta a casa.

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